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EL PRIMER PASO

La historia de cómo el PRODE creció a partir de una idea simple.

Inicios.

Corría el año 2021 y, como tantas otras veces, estábamos reunidos entre dos amigos. Era una de esas noches normales, distendidas, sin mucha vuelta, donde la charla va cambiando de temas sola hasta que aparece algo que se queda. Esa vez, fue el básquet.

Pero no el de ese momento, sino el de antes. El que habíamos vivido cuando éramos adolescentes. El que no necesitaba mucha organización para existir. De a poco empezaron a aparecer recuerdos: jóvenes caminando con una pelota naranja por la calle, partidos que arrancaban en cualquier cancha, horas jugando sin mirar el reloj. Había algo en todo eso que ya no estaba, y ambos coincidíamos.

La charla empezó a girar sobre eso, sobre lo que se había perdido, sobre lo distinto que era todo ahora. Y en medio de ese momento dijimos: ¿y si hacemos algo?

No fue algo armado ni un momento especial. Fue simple, pero alcanzó.

Ahí empezó todo.

Primero como una idea, después como algo que ya no podíamos soltar. Y enseguida opinamos igual: si queríamos cambiar algo de verdad, había que salir a buscarlo. Esas épocas no iban a volver solas. Había que ir a los barrios, a esos lugares donde estábamos seguros sobraban ganas, había talento, pero faltaban oportunidades.

Con eso claro, nos sentamos a ordenar la idea. Y lo hicimos de la forma más simple: a mano, en una hoja.

El plan era directo: crear cuatro escuelas de básquet por año.

Durante el primer año, nosotros nos hacíamos cargo de todo: los gastos, la organización, lo que haga falta. La idea era que para los chicos sea totalmente gratis.

Pero no era solo básquet. Queríamos que cada escuela tenga algo propio: un nombre, colores, algo con lo que los chicos se identifiquen. Que no sea solo ir a jugar, sino sentir que pertenecen a algo. Crear algo que con el tiempo se vuelva un club de barrio.

Y había otra parte clave: la gente. Cada escuela iba a tener una comisión, personas del lugar a las que íbamos a acompañar, enseñar y dar herramientas para que, con el tiempo, puedan sostener la escuela por su cuenta. La idea era clara: arrancar, ayudar a crecer y después soltar.

Al año siguiente, hacer lo mismo en otros cuatro barrios.

En los papeles, todo cerraba. Era un sistema que podía crecer solo, que se podía repetir una y otra vez. Empezamos a imaginarnos algo mucho más grande: escuelas en distintos barrios, después en otras ciudades, chicos teniendo un lugar, comunidades haciendo suyo algo que nació de una charla.

Era un sueño, pero lo veíamos posible y ya no tenía vuelta atrás. Habíamos tomado la decisión.

Y a eso que empezó casi sin darnos cuenta, pero con aspiraciones grandes, le dimos forma. Pensando en algo que realmente pudiera abarcar todo —no solo una escuelita, sino un programa de desarrollo completo—así nació el nombre: PRODE.

Desde el inicio soñamos en grande. Y con esa misma lógica surgió el eslogan: “Básquet para todos”. Simple, directo, sin complicaciones. Acceso fácil, sin barreras. No era una frase muy elaborada, pero sentíamos que funcionaba. Y, como todo lo que vendría después, respondía a una misma búsqueda: hacer las cosas prácticas, claras y reales.

***

Manos a la obra.

Con la idea ya clara, tocaba lo más difícil: empezar.

Salir de lo que conocíamos, dejar la comodidad e ir un poco más allá. Y eso fue lo que hicimos.

Empezamos a recorrer barrios, a mirar, a entender, a conocer, a tratar de encontrar dónde podía tener sentido todo eso que habíamos pensado en una hoja. Ahí nos encontramos con algo que terminó siendo clave: varios polideportivos que pertenecían a la Entidad Binacional Yacyretá, espacios construidos para barrios relocalizados que en su momento tenían un propósito claro, pero que hoy estaban vacíos.

Algunos abandonados, otros deteriorados, sucios, sin uso. Sin embargo, con muchísimo potencial. Donde muchos veían un espacio perdido, nosotros veíamos una oportunidad.

Entendimos que el primer paso no era armar equipos ni pensar en torneos, sino algo mucho más básico: recuperar esos lugares.

Entonces fuimos a pedir permiso, a golpear puertas, a explicar lo que queríamos hacer, a contar que no veníamos a ocupar un espacio, sino a devolverle vida. Y cuando eso empezó a destrabarse, nos pusimos a trabajar.

Pintar, limpiar, arreglar lo que estaba roto, colocar aros de básquet. Con mano de obra propia, con amigos, con pocos recursos, pero con muchas ganas.

De a poco, esos lugares empezaban a cambiar, no solo en lo físico, sino en lo que transmitían. Ya no eran espacios vacíos, empezaban a sentirse distintos.

Después vino la parte más directa, la más real. Salir a recorrer casa por casa, hablar con los vecinos, contar la idea, invitar, convocar a una reunión en el polideportivo. Sin redes, sin campañas, cara a cara.

Fueron apareciendo los primeros aliados, personas del barrio que entendieron rápido de qué se trataba esto, gente que se involucró, que ayudó a correr la voz y que hizo que la convocatoria crezca mucho más de lo que imaginábamos. Y entre todos ellos, empezaron a surgir esos referentes que después iban a ser claves.

De a poco, lo que había empezado como una idea ya tomaba forma. Ya no estaba solo en el papel, estaba en la calle, en los barrios, en la gente.

Y eso lo cambiaba todo.

La primera señal.

La primera escuela fue en el barrio San Pedro y superó nuestras expectativas.

La convocatoria fue un éxito. Más de 100 personas, familias enteras, chicos, padres, vecinos. El polideportivo, que hasta hacía poco estaba vacío, se llenó, pero no solo de gente, sino de esperanza.

Todos estaban ahí para escuchar, para entender de qué se trataba esto que habíamos ido contando casa por casa. Había interés, pero también muchas dudas, preguntas de todo tipo. Y en medio de todo eso, apareció una que nos quedó resonando fuerte:

¿Por quién debemos votar?

No lo preguntaban con mala intención, lo preguntaban con naturalidad. Querían entender qué había detrás de todo esto, de qué lado venía, qué “color” tenía la propuesta.

Para muchos, era difícil creer que algo así podía ser simplemente lo que decíamos que era: sin interés político, sin condiciones, sin nada a cambio. Solo básquet.

Esa misma pregunta empezó a repetirse en otros barrios. Era casi automática.

Esto incluso nos dio más fuerza y convicción en lo que estábamos haciendo, porque encontramos gente a la cual pudimos mirar a los ojos y decirle: “te merecés esto y mucho más, a cambio de nada”, y se sentía cómo ese mensaje llegaba fuerte.

Ya en este punto ni nosotros nos reconocíamos y muchas cosas íbamos improvisando y dejándonos llevar por las circunstancias.

Fuimos claros. No veníamos a pedir nada. Solo veníamos a traer deporte de forma gratuita. Y aunque al principio costaba entenderlo, había algo que empezaba a pesar más que cualquier duda: lo que estaba sucediendo ahí.

Chicos escuchando, familias participando, un espacio que volvía a tener vida. Y de a poco, la desconfianza empezó a aflojar. No por lo que decíamos, sino por lo que estaban viendo.

Empezamos a tener el apoyo de la gente y ahí apareció una de las primeras señales de que esto iba en serio.

***

La realidad golpeó fuerte.

La primera escuela empezó a crecer muy rápido. Los lunes, miércoles y viernes, de 17:00 a 20:00, el polideportivo ya no era el mismo. El sonido de las pelotas llenaba el lugar, los chicos corrían, aprendían, se entusiasmaban, todos con su uniforme, las gradas llenas de padres observando.

Más de 150 niños y niñas, dos profesores. Había vida. Había entusiasmo. Pero también empezó a aparecer otra cara.

Detrás de cada chico había una historia y muchas de esas historias venían con necesidades que no estaban en ningún plan. Chicos sin calzado, sin ropa, con problemas de alimentación, chicos que no podían terminar una práctica por hambre, padres que se acercaban buscando ayuda.

Y alrededor, un contexto difícil: inseguridad, drogas cerca, chicos solos, chicos sin padres.

Eso empezó a meterse en nuestras vidas, en nuestras noches, en nuestras cabezas. Preguntas que no dejaban dormir. Enseguida algo nos cambió: esto ya no era solo básquet.

Y eso hizo que todo el plan cambie. Ya no tenía sentido abrir una escuela y soltar. Si soltábamos, esto se caía. Decidimos frenar, ajustar los tiempos y aprender. Ser más prudentes, pero más firmes. Y asumir algo claro: no íbamos a abandonar.

Así nacieron Los Teros de San Pedro, Los Canes en San Isidro, Las Águilas en Ita Paso y Pacú Cuá Básquet.

Y nosotros ya no éramos los mismos.

***

Impacto.

El proyecto siguió creciendo y, con ese crecimiento, también apareció la necesidad de entender mejor lo que estábamos creando. Ya no alcanzaba solo con las ganas. Esto demandaba tiempo, recursos y claridad. Trascendió lo deportivo y se volvió social. El deporte era una herramienta.

Nos capacitamos en gestión deportiva, empezamos a investigar, a aprender, a probar. Entendimos que no había un manual para lo que estábamos haciendo. Y decidimos construirlo nosotros.

Queríamos un proyecto real, medible, explicable, demostrable. Sabíamos que íbamos a necesitar mucha ayuda. Las necesidades eran numerosas. Pero cuando llegara el momento de golpear puertas, tenía que ser con hechos. Mientras tanto, el impacto crecía.

Un periodista de nacionalidad argentina, Agustín Marangoni, había escrito una crónica sobre el PRODE y lo publicó en una página web muy referente en el ámbito del mini basquetbol de Latinoamérica.

Estuvo en nuestra ciudad, recorrió los barrios, investigó, inclusive reveló datos que nosotros no habíamos visto ni conocíamos, y este escrito nos abrió los ojos. Parece que de repente dimensionábamos el impacto. Alguien contaba una historia en un tono magnífico de lo que estaba sucediendo, con datos, con imágenes, con números. Y, de alguna manera, éramos parte de una historia que tomaba forma.

La noticia empezó a correr, primero en los medios locales, luego en la capital. Y llegaron mensajes de todos lados, distintos barrios, ciudades, distintas partes del país. Todos querían una escuela PRODE.

Inclusive llegó un email desde Mozambique. Tuvimos que mirar en el mapa para saber dónde quedaba ese lugar. Nos pedían información del otro lado del mundo para replicar el proyecto y preguntaban si “trabajábamos” como franquicia. Sorprendidos vimos cómo el proyecto que estábamos creando podía ser un modelo que sirva para tantas comunidades olvidadas, carentes de oportunidades y esperanza.

El deporte que amamos, por el cual habíamos iniciado todo esto, estaba demostrando otra dimensión. No era solo una pelota, no eran solo entrenamientos. Era una herramienta real para unir y mejorar comunidades.

Pero ya no se trataba solo de lo que nosotros podíamos hacer. Para que esto siga creciendo, hacía falta algo más.

Hacía falta que otros también crean. Y se animen a ser parte.

***

Ayuda y solidaridad.

Las ayudas empezaron a llegar en distintas formas. Amigos, conocidos y profesionales se sumaban, respondiendo con acciones directas y concretas a las necesidades que iban surgiendo.

Un odontólogo se hacía cargo de alguna urgencia. Un nutricionista iba directamente a quien necesitaba ayuda alimenticia. Médicos ayudaban a crear fichas y controles médicos. También se sumaba gente donando calzado y ropa deportiva. Cada uno aportaba desde donde podía, de manera desinteresada y gratuita.

El pensamiento era el de esta persona: “No estoy en un buen momento para ayudar económicamente, pero tengo un vehículo para 12 personas que dejo a disposición para que lo usen”.

Se sentía el apoyo.

Se generó una especie de cadena de favores, y todo parecía estar al alcance de un llamado telefónico para ir derribando problemáticas.

Y esto es lo que hizo tan grande al proyecto: la comunidad respondió.

Y con toda esta dinámica, atraer chicos y chicas se volvió más fácil. Las familias encontraban un lugar donde refugiarse, encontrar ayuda y recuperar la esperanza mientras sus hijos jugaban al básquet.

Para lo que nos habíamos preparado con mucha organización y gestión estaba por llegar. Y nos encontró con personería jurídica, con números claros y ordenados, con un proyecto definido y una estructura bien armada.

Además, ya contábamos con herramientas concretas que nos permitían gestionar y medir el proyecto de manera real.

Un sistema con base de datos de todas las escuelas, con control detallado y capacidad de filtrado, que nos permitía obtener información precisa en tiempo real. Reconocimiento facial que generaba automáticamente el registro de asistencias. Circuito cerrado de seguridad en los espacios de entrenamiento. Desarrollo de identidad y marca propia para cada escuela, con sus atuendos deportivos.

Nada de esto era improvisado. Había estructura.

Las ayudas de entes empezaron a aparecer, de forma espontánea y rápida.

Primero, casi de casualidad, el intendente de la ciudad nos invitó a una reunión. Luego fuimos convocados a una mesa de diálogo con el ministro de la Niñez y la Adolescencia y la ministra de Salud. Las autoridades querían saber de qué se trataba todo esto.

Y de esas reuniones surgieron las primeras ayudas institucionales. Salimos fortalecidos y con algo que hasta ese momento no teníamos: respaldo. Apoyo económico para sostener el trabajo que ya estaba en marcha.

Pero con eso también llegaron nuevos desafíos.

Con cuatro escuelas bien consolidadas, con resultados sociales y deportivos a la vista, y con el respaldo económico de algunos entes, decidimos dar un paso más.

Creció el staff: ocho profesores, un coordinador deportivo, una asistente social y un equipo jurídico y administrativo.

Y mientras en las canchas había mucho ruido, decidimos llevar más beneficios para las familias.

Surgieron convenios institucionales con universidades privadas, generando innumerables beneficios directos. Becas con colegios privados y convenios con el hospital pediátrico. Cooperación con escuelas taller, con salida laboral directa para los chicos mayores. Articulación con institutos de inglés. Trabajamos con campañas contra las adicciones y el bullying. Soporte psicológico y contención. Y trabajo articulado con entes para la derivación de casos sensibles.

Y siempre presente el sector privado, aportando en diferentes ámbitos.

Y si mirábamos hacia atrás, todo parecía imposible de creer. Lo que había empezado con una charla entre amigos, con una idea simple: que se vuelva a jugar al básquet. Ahora estábamos hablando de salud, de educación, de oportunidades reales. De chicos que encontraban un lugar. De familias que ya no estaban solas.

Lo que empezó como un intento de recuperar un juego terminó convirtiéndose en algo muy poderoso. Algo que había crecido, que había tomado vida propia, y ahí estábamos, solo para acompañarlo.

Y cuando parecía que todo estaba en su lugar, llegó algo que iba a reescribir la historia.

***

El llamado que lo cambió todo.

Un domingo lluvioso por la mañana recibimos un llamado inesperado. Una persona a la que todos conocemos por nombre y tenemos como referente de una de las empresas más exitosas del país, con origen en nuestra ciudad, nos convocaba a una reunión en su domicilio para conocernos y compartir información del PRODE.

Fueron más de cuatro horas contando, con mucho entusiasmo, lo que habíamos iniciado, cómo había impactado y cuál era la proyección que teníamos. Para ese entonces ya habían pasado más de tres años desde que empezamos.

Y acá cambió todo.

Desde que empezó la charla no pasó mucho tiempo para que nos diga que contábamos con un aporte mensual y un móvil por parte de la fundación a la que representaba: Fundación Carlos y Miriam E.H.

Hasta ese momento, para nosotros ya era más que suficiente. Salíamos felices con el apoyo recibido. Pero la reunión siguió. Y la conversación empezó a tomar otro tono: más emotivo, más cercano, con muchos puntos en común.

Había algo que no habíamos mencionado hasta ese momento, pero que estaba desde el primer día: un objetivo muy a largo plazo. Tener una sede propia. El sueño siempre estuvo ahí, escrito, aunque se veía lejano.

Ya casi al final de la charla lo mencionamos.

Y la respuesta fue contundente.

Haciendo referencia a otros grandes aportes que esta fundación ya había hecho a la ciudad, nos dijo: “Venimos haciendo esto, esto… ¿y por qué no vamos a poder hacer lo que me están contando?”

Y cerró con una frase firme: “Les voy a ayudar a hacer eso. Consigamos un predio municipal y yo construyo.”

Piel de gallina. Íbamos muy rápido.

Al día siguiente ya estábamos conversando con autoridades sobre la propuesta y, en apenas unos días, ya teníamos aprobada la concesión, en comodato, de un predio municipal a la organización sin fines de lucro PRODE, para que la Fundación Carlos y Miriam E.H. pudiera construir y donar lo que llamaríamos el Centro de Alto Rendimiento PRODE.

Una infraestructura sin precedentes en la región.

Era demasiado grande para entenderlo en ese momento.

La sede del PRODE, para nosotros, sería un lugar que funcione como una universidad, donde los jóvenes salgan “egresados” con formación deportiva, disciplina y valores. Un trabajo integral, en un lugar donde puedan pasar tiempo de calidad

Y, dentro de esa cantidad de jóvenes, algunos llegarían a ser deportistas profesionales; el resto, personas sanas, activas y con herramientas para la vida. Todos ganan.

Un espacio pensado para recibir todos los días a una gran cantidad de jóvenes que vayan a entrenar, alimentarse y formarse. Un espacio que reúna, que contenga y que también potencie el básquetbol encarnaceno.

El lugar tendría la capacidad de albergar delegaciones, contar con comedor, aulas, sala de lectura, salón de usos múltiples, varias canchas interiores oficiales, gimnasio y un entorno de entrenamiento profesional y cuidado. Vestuarios, oficinas y espacios de capacitación para profesores, alumnos y padres. También canchas exteriores y áreas de expansión al aire libre.

Y la Fundación Carlos y Miriam E.H. decidió acompañar esta idea. Este sueño.

El proyecto arquitectónico del Centro de Alto Rendimiento PRODE nació con esta visión.

***

Las escuelas de los barrios seguirán funcionando, e incluso la idea es habilitar nuevas.

La dinámica será clara: iniciar el proceso en los barrios desde los 5 años, para que, con el tiempo, puedan aspirar a dar el siguiente paso.

El Centro de Alto Rendimiento no vendrá a reemplazar nada. Vendrá a potenciarlo. A consolidar a las escuelas de barrio como semillero y a ofrecer un horizonte concreto: que, a cierta edad, TODOS —a través del esfuerzo, la constancia y un proceso medido— puedan acceder a ese espacio tan esperado.

También creemos que este puede ser un punto donde los únicos colores que nos unan sean los de Encarnación.

Algo que una a la sociedad.

***

El cambio también empieza en uno.

Hoy el PRODE es también una Fundación. Y todo empezó con una idea.

Si algo aprendimos en todo este camino es que no hace falta ser especial para empezar.

No somos millonarios. No hicimos nada extraordinario. Somos personas comunes, con distintas formas de ser, que encontraron la manera de complementarse y trabajar en equipo.

Pero hubo algo que sí estuvo desde el principio: la decisión de hacer.

De no esperar que todo venga de arriba.

De no delegar siempre la responsabilidad.

De entender que, a veces, el cambio también puede empezar por uno.

Nos tocó salir de nuestra zona de confort. Exponernos, equivocarnos, aprender. Muchas veces hacer cosas que no iban con nuestra forma de ser. Pero el camino nos enseñó algo claro: nadie iba a contar mejor esta historia que nosotros mismos.

Y, sobre todo, entendimos que se puede hacer mucho con muy poco cuando hay pasión y convicción.

Nunca subestimemos hasta donde podemos llegar dando el primer paso.

La historia de cómo el PRODE creció a partir de una idea simple.

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